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Brubaker

1980, EE.UU., Stuart Rosenberg

CURIOSIDADES SOBRE LA PELÍCULA:

La película cuenta la historia de Thomas Murton, siendo un fiel reflejo del libro que el propio Thomas escribiese junto a Joe Hyams y en el que reflejaría sus propias vivencias como director de una prisión situada cerca de Pine Bluff (Arkansas). «Accomplices to a crime» no se adaptó a la película sino que sirvió de guión original de la misma, lo que le valió la nominación al Oscar en dicha categoría.

No es éste un film especialmente laureado, pues sólo nos consta que obtuvo, en 1981, el premio Golden Reel (galardón que se concede a los editores de sonido) aunque su interés, va mucho más allá de una historia real. La película cuenta la hazaña de un visionario, de un hombre con conciencia y humanidad, capaz de ver seres humanos donde el sistema sólo veía esclavos a los que explotar.

ACERCÁNDONOS A LA BIOGRAFÍA DE THOMAS MURTOM:

Thomas Orhelius Murtom nació en 1928 y fue, sin duda, un hombre culto. Antes de convertirse en el primer penalista profesional del estado de Arkansas, obtuvo una licenciatura en cría de animales de la Universidad Estatal de Oklahoma, otra en matemáticas en Fairbanks (Alaska) y se doctoró en Criminología en la Universidad de California.

En 1967, cuando contaba con 39 años, fue contratado como director de la prisión estatal de Cummins por el nuevo gobernador Winthrop Rockefeller, y eso le llevaría a destapar lo que se conoció como el «Escándalo de la prisión de Arkansas». En el ejercicio de dicho cargo, Thomas inició el camino hacia la reforma del atroz sistema penitenciario hasta entonces existente en el sur de EEUU. Por eso, Brubaker es más que un drama carcelario, es la historia de alguien que se enfrentó a toda una sociedad corrupta para impulsar un trascendental cambio del sistema penitenciario.

Un nuevo interno (Robert Reford) llega a una prisión del condado de Arkansas y lo hace con discreción, integrándose como uno más en los barracones, pero observando con gran atención todo cuando sucede a su alrededor. Y es que, el nuevo Alcaide, quiere conocer en primera persona los pormenores de la vida carcelaria. Poco tardará en descubrir una realidad cruel, en la que predominan los abusos y torturas hacia los reclusos por parte de Funcionarios y de los llamados «presos de confianza», aquellos que se «han ganado» estar separados del resto de reclusos, que comen aparte de ellos y que tienen derecho incluso a golpearlos con una correa, a modo de advertencia e intimidación general para el resto de la población reclusa, que suele presenciar esas palizas. Precisamente, ese látigo-correa será una de las primeras cosas que Brubaker requise.

Se suceden las agresiones de todo tipo, los abusos sexuales, la comida está plagada de gusanos; la corrupción y un trato inhumano forman el clima de esta micro-sociedad en la que resulta complicado distinguir quiénes son los guardianes y quiénes los presos protegidos, pues tienen organizado el funcionamiento del Centro de manera tan corrupta que ni siquiera permite mantener claros los roles, ya que ni moral ni conductualmente podemos diferenciar a los criminales condenados, de los que se supone que han de custodiarlos y velar por el buen funcionamiento del sistema.

Una de las primeras cosas que nos llama la atención es la escenografía de la película, pues no hay celdas individuales (al margen de las de aislamiento) y los presos conviven en una especie de barracones insalubres. No estamos ante una Prisión tal y como nos la podríamos imaginar, sino ante una granja de producción, ante un negocio montado con los fondos públicos y con la del trabajo de los presos, a quienes explotan, humillan, torturan y menosprecian con la única finalidad de aprovecharse de ellos.

Salta a la vista ya en ese momento de la película, la existencia de delitos tales como torturas del artículo 174.2 cometidas por Funcionarios de la Institución, tratos degradantes propios del 173.1 perpetrados por los reclusos entre sí, e incluso por el propio Centro (véase sino la escena en la que se aprecia el aspecto más que repugnante de la comida que les sirven) y también, un aprovechamiento que podría encuadrarse en el propio art. 439 de nuestro Código vigente, al margen, por supuesto, de las evidentes malversaciones.

Ante un escenario tan grotesco, poco tarda Brubaker en descubrir su identidad, y lo hace en una tensa y dramática escena que protagoniza junto a Walter (un jovencísillo Morgan Freeman cuyo papel en la película es tan breve que quienes lo idolatramos, nos quedamos con ganas de más). Walter es un interno que está recluido en lo que parece ser una «celda de castigo». Ante el asombro de los presos y de los propios Funcionarios, el Alcaide comienza su proyecto, que no es otro que destapar esta sucia realidad de corruptos y abusadores y convertir aquello en una verdadera Prisión donde se trate a los reclusos como seres humanos y se persiga un fin último, hasta ahora inexistente: «la rehabilitación y reinserción».

Son muchos los que participan del inmundo funcionamiento de esta mal llamada Prisión, pues la comida destinada a los presos se vende a los bares de la zona y los ganaderos, agricultores y empresarios de lugar se aprovechan de ella, y utilizan a los reclusos como mano de obra gratuita a la que explotan sin ningún tipo de retribución.

Los lugareños también son parte de esta corrupción, lo que claramente se aprecia en la escena en la que uno de los empresarios de la zona (contratista del negocio de la madera) pretende sobornar al Brubaker con un ridículo pastel casero, que el Alcaide rechaza sin ningún pudor, provocando la ira del arrogante empresario, que solo pretende que «las cosas sigan funcionando igual». El cohecho en consideración del cargo del artículo 422 del Código Penal no llega a consumarse para nuestro íntegro protagonista que no duda en poner en su sitio al rudo contratista, manteniendo con él un diálogo que no tiene desperdicio.

Otros hechos igualmente aberrantes se exponen en la cinta, cuando, por ejemplo, el propio Médico de la prisión ignora por completo a los internos que no le pagan por ejercer su trabajo, cometiendo un cohecho continuado, en este caso en la modalidad del artículo 420 del Código Penal, debiendo apreciarse en esos reclusos que pagan, el cohecho de particular del artículo 424 de nuestro texto punitivo.

En su empeño de acabar con toda esta monstruosa realidad, Brubaker estará solo en su camino, con el único y parcial apoyo de Lillian Gray (una Jane Alexander que en los inicios promete, pero cuyo papel, a nuestro modo de ver, va perdiendo fuerza interpretativa, dada la evolución del personaje), quien actúa como su mentora y parece sentirse atraída por el idealismo del Alcaide pero, que terminará sucumbiendo al poder y al conformismo de la sociedad de la que forma parte.

El punto más álgido del film se nos presenta cuando Abraham Cook (un sublime Richard Ward), recluso negro y anciano, confiesa a Brubaker que han sido muchos los prisioneros asesinados en ese lugar y que a él mismo le ordenaron construir los ataúdes. Curiosa es la situación del propio Cook, quien estaría siendo objeto de un delito contra las garantías constitucionales de los previstos en el artículo 530 de nuestro Código Penal, pues a pesar de que su condena era de 35 años, lleva ya cumpliendo pena 38 años y seis meses, lo que constituiría una tipicidad acorde con el mencionado precepto, ya se le retenga allí con dolo o ya sea por dejación o imprudencia, pues en ambos casos encontraríamos respuesta penal a esos hechos. Éste recluso se compromete a mostrar al Alcaide el lugar en el que sabe que están enterrados los cadáveres, pero a la mañana siguiente, Brubaker puede ver desde el porche de su residencia, lo que quizás sea una de las escenas más desgarradoras de la película, pues el cuerpo sin vida del malogrado Cook yace suspendido en una bandera ubicada dentro del recinto residencial del Alcaide.

Esto desata una situación insostenible y alguna muerte más, por lo que algunos reclusos (asqueados, resignados y faltos de fe en las posibilidades de cambio), lejos de apoyar al Alcaide, lo culpan de haber complicado las cosas causando, peores consecuencias para ellos. El Alcaide pretende dignificar su forma de vida pero ellos, lejos de apoyarle, algunos por miedo otros por interés, desaprueban su actuación y le dan la espalda desde el principio. Es curiosa la frase que pronuncia uno de los reclusos más próximos a Brubaker, Larry Lee Bullen (David Keith): «Sr. Brubaker, lo he estado estudiando desde que entró por primera vez. Y me quedó claro que usted es un puto individuo extraño. Todavía no te he entendido, si eres bueno o malo.» Pocas dudas quedan cuando el bueno del Alcaide exige un puñado de gafas de sol nuevas para proteger a los reclusos que estaban en aislamiento y permitirles salir a los exteriores sin cegarse. Esa es, sin duda, una de las escenas que revela mayor humanidad en el personaje protagonista.

Cuando Brubaker y alguno de sus chicos más afines consiguen desenterrar varios de los cadáveres que se encontraban enterrados en las inmediaciones de la Prisión, el escándalo estalla. Los reclusos han sido torturados y mutilados antes de ser enterrados.

El Senador ordena a Brubaker que deje de excavar, y que se limite a dirigir la única Prisión de Estados Unidos que produce beneficios. El protagonista es un héroe solitario, que no se rinde, en el Consejo que se celebra con motivo del hallazgo pronuncia una frase lapidaria: «Es de asesinato de lo que hablan ahí dentro, y si lo disculpan nadie podrá explicar a esos hombres por qué están encerrados, las reglas son iguales para todos, así lo veo yo». Sus intentos no consiguen despertar conciencias, pues tiene en contra a todo el sistema, ni el Gobernador, ni el Consejo de Prisiones, ni siquiera su propia mentora están dispuestos a apoyarle. Sobornarlo para intentar silenciarlo será su única respuesta que en encuentre por parte de los gobernantes, pero un valiente e incasable Brubaker soporta estoicamente tantas acometidas sin estar dispuesto a ceder un ápice en sus intenciones.

Al final de la película nos aguarda la escena cumbre de la misma, la más emotiva y agridulce. Luchar por lo correcto, no rendirse y mantenerse firme en las convicciones no es una garantía de éxito inmediato, a veces los resultados de la siembra pueden hacerse esperar, la recolección no es inminente pero no cabe duda de que, cuando la semilla se planta con convencimiento y constancia, el fruto llega.

Burbaker es el reflejo de una realidad aterradora, de un sistema podrido y carente de fundamento pero ante todo, Brubaker es la historia de un guerrero, es una película para reflexionar