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Análisis: La naranja mecánica

1971, EE.UU., Stanley Kubrik

Se cumplen 50 años del rodaje de una película de las denominadas «de culto», basada en el libro del escritor británico Anthony Burgess, publicado en 1962 y escrito en una ficticia jerga adolescente, «La naranja mecánica» esta repleta sacadas del idioma ruso y algunas otras inventadas, por el propio escritor. Stanley Kubrick nos presenta, lo que para muchos puede ser su obra maestra, una cinta que se ha ganado a pulso el título de ser una de las más polémicas de toda la historia del cine.

El estreno cinematográfico no se produjo en España hasta el 27 de Noviembre de 1975, y en un primer momento, lo hizo en versión original subtitulada, en cines de arte y ensayo, aunque anteriormente ya se había proyectado en nuestro país, en Abril de ese mismo año, con ocasión del XX Festival de Cine de Valladolid. Fue entonces cuando provocó un enorme revuelo dada la asistencia masiva de jóvenes universitarios llegados de distintos zonas de nuestra geografía, que formaron interminables colas hasta agotar todas las entradas en solo 24 horas.

Violencia extrema, depravación, sangre, sexo, escenas inquietantes y una estética más que grotesca, nos llevas a estar ante una obra futurista, sorprendente y muy crítica. Si algo podemos asegurar es que, esta película, no dejará a nadie indiferente.

Este artículo contiene spoilers.

Curiosidades sobre la película:

Fue nominada a cuatro premios óscar (no siendo ninguno de ellos el de mejor actor), sin que se alzara con ninguno. En 1972, a Kubrick se le escapó el galardón como mejor director por culpa de William Friedkin y su «as queer as a clockwork orange», que significa «tan raro como una naranja mecánica». Desacertado no es, porque desde luego el protagonista, rarezas tiene unas cuantas, y habría resultado pura utopía intentar encontrar un título capaz de recoger la complejidad y el delirio que esta obra expone. Y el segundo detalle interesante, tiene que ver con la canción que canta el protagonista mientras golpea al escritor al que asaltan y viola a la esposa de éste, el tema «Singing in the rain». No fue esto, ni mucho menos, idea de Kubrick, pues al rodar la escena, el director sólo se limitó apedir a McDoweell que improvisara algo y esté comenzó a cantar esa canción, afirmando que era la única que se sabía. La melodía, incorporada a semejante contexto, convenció tanto al directo, que no dudó en comprar sus derechos por 10.000 dólares a la mismísima a Metro-Goldwyn-Mayer.

La película cuenta la historia de Álex (Malcolm McDowell), un joven extremadamente agresivo, cuyo Mayor disfrute se encuentra en la violencia elevada a su máximo exponente, y aderezada con los sones de la Novena Sinfonía de Beethoven. Álex dirige, con desmesurado narcisismo, una banda de delincuentes a los que llama «sus drugos» y que está formada por Pete, George y Dim. La panda gusta de acudir al bar Korova donde consumen una especie de leche aderezada con sustancias narcotizantes que vienen a exacerbar, aún más si cabe, las actitudes radicales y violentas del grupo. No podríamos, en este caso, aplicar ningún tipo de eximente ni de atenuante por drogadicción, pues para ellos delinquir forma parte de un ritual en el que también incluyen las drogas, siendo por tanto sus efectos buscados a propósito.

Una de las primeras escenas que merece ser calificada jurídicamente se produce cuando los tres en coautoría, con alevosía y ensañamiento, golpean a un mendigo borracho en lo que podría dar lugara un concurso ideal entre al asesinato en grado de tentativa y las lesiones consumadas (si bien para conocer este resultado hemos de esperar a casi el final de la película).

Además de una riña tumultuario, una conducción temeraria y algunas otras fechorías más, uno de los momentos cumbres de la historia se produce cuando los cuatro delincuentes se adentran en el domicilio de un escritor al que dan una brutal paliza (con trágicas consecuencias) y agreden sexualmente a su esposa, delito del que responderían todos como autores a pesar de que la escena nos lleva a pensar que es sólo Álex el que consuma el acto sexual, en presencia de sus amigos y con un empleo de violencia tan especialmente vejatoria, que bien merecería ser catalogada como agravante del 180 de nuestro texto punitivo. Esta tipificación debería agravarse también por el uso de disfraz, pues en su indumentaria (que por cierto no tiene desperdicio y bien merecería que nos deshiciéramos en adjetivos sobre ella en cuanto a su extravagancia) destaca el uso de unas máscaras esperpénticas con las que consiguen ocultar sus rostros.

El afán de liderazgo de Álex, propio de su personalidad psicópata, se evidencia en la escena en la que agradece a sus drugos cuando Dim (Warren Clarke), intenta arrebatarle el poder al protagonista, quien responde imponiendo su incuestionable autoridad, empujando a uno de ellos al agua y causándole un corte en la mano al osado golpista. Esta escena, marcará sin duda, el rumbo del resto de la película. Sus colegas quedan tan resentidos por ello, que deciden vengarse de su tirano. Acto seguido, planean robar y volar a una mujer adinerada que vive sola con sus gatos, pero al llegar al lugar es solo Álex el que se adentra en el domicilio. La víctima, alertada por la prensa, telefonea a la policía al ver que «el modus operandi» del muchacho que ha llamado a la puerta pidiendo auxilio, coincide con el del crimen del escritor y su esposa. Y ahora viene lo decisivo: el protagonista se burla de la víctima, ésta intenta defenderse de él pero, Alex termina golpeándola con una enorme escultura de porcelana en forma de pene (pieza real creada por el escultor holandés Hermann Makkink), lo que provoca la muerte. Cuando intentaba escapar, sus drugos encuentran el momento perfecto para vengarse de él y es Dim, quién le golpea la cara con una botella de leche, dejándolo abatido en el lugar del crimen, lo que provoca que sea detenido y posteriormente torturado por la policía.

Por estos hechos, Álex es condenado a una pena de 14 años de prisión por el asesinato de la mujer (lo cual, poniéndonos en la toga de letrados de la defensa nos lleva a discutir la calificación, pues la alevosía nos resulta tan evidente ya que la víctima se defiende de su agresor a pesar de no conseguir zafarse de él.)

En ese momento termina la perspectiva penal del film para dar paso a una interesante vertiente penitenciaria. Es ahora cuando hay que plantearse aspectos de prevención especial, relacionados con el tratamiento de los delincuentes y/o enfermentos mentales. En prisión, el interno 655321, haciendo uso de su extrema condición de sociópata narcisista, consigue hacer creer al capellán que ha encontrado en la Biblia, su mayor fuente de inspiración y que nada le gustaría mas que reinsertarse y ser sometido a un nuevo tratamiento experimental, que según ha oído, permite curarse y lograr la libertad definitiva.

 

Aprovecha la visita del Ministro de Interior para perfilarse como el candidado perfecto para ser sometido al tratamiento Ludovico, una terapia experimental de aversión, que pretende desarrollar el Gobierno para erradicar el crimen y «curar» a los delincuentes. El Ministro se muestra convencido de que «el crimen se alimenta con el castigo» y el Estado necesita las cárceles para los presos políticos, debiendo dejar ya a un lado teorías penales pasadas de moda, pues a los delincuentes comunes se les puede curar desde la Ciencia. El sistema penitenciario representado en ese momento por el Alcaide y algunos funcionarios, rechaza esta idea, pues en ella aprecian una ausencia de la venganza, que según ellos, toda sociedad debe perseguir, ya que creen que el Derecho Penal no debe perder su verdadera identidad: la de hacer pagar al delincuente su crimen.

Y es ahí, dónde al someterse voluntariamente este al proyecto con la intención de burlarse de él y obtener su ansiada libertad, comienza la destrucción y el calvario de Alex. El tratamiento Ludovico consiste en drogarlo y posteriormente obligarle y posteriormente obligarle a visualizar escenas cinematográficas de extrema violencia y sexo, impidiéndole apartar la mirada de ellas, pues le inmovilizan la cabeza y le abren los párpados con dos ganchos (el personaje que aparece suministrando el colirio al protagonista era médico en realidad, y tenía que asegurarse de que no se le provocará una una excesiva sequedad ocultar como consecuencia del rodaje, motivo por el cual le administraba reiteradamente dichas gotas, que el según se cuenta tuvieron la culpa de que McDowell no volvería a usar colirios jamás). Volviendo al tema, mientras el individuo visualiza esas aberrantes escenas siente un dolor atroz y unas nauseas que lo dominan, causadas por efectos de la droga. Como consecuencia de la terapia, Alex asociará el sexo, la violencia y todas las atrocidades que antes le producían diversión y placer, incluido Beethoven, a un insoportable malestar.

 

Tras ser sometido a comprobaciones previas, en una escena en la que se deja humillar, demostrando que ha perdido todo su instinto violento, Álex logra su objetivo: salir de prisión. Nuestro protagonista obtiene la libertad pero pierde algo mucho más importante: su libre albedrío. No solo han desaparecido sus instintos violentos sino también su capacidad de tomar decisiones, de elegir, de comportarse con libertad. Lo han «neutralizado» como delincuente pero también como persona. Ahora es incapaz de desarrollar la más mínima conducta violenta, ni siquiera en legítima defensa, (circunstancia que queda patente casi al final de la historia, cuando se tiene que enfrentar a las venganzas de gran parte de sus víctimas.)

«La naranja mecánica» nos presenta escenas, situaciones, decorados, planos que son una auténtica oda a la provocación.

Ver esta película, supone vivir una experiencia cinematográfica difícil de igualar.

Por encima de todo, debemos intentar evitar que el alto contenido violento de esta película nos ciegue, e implica centrar en su verdadera trascendencia: estamos ante una historia que nos incita a reflexionar sobre los limites de la intervención punitiva legal y los postulados criminológicos, la ética, la moral, la imposibilidad de rehabilitación sin inserción y la incapacidad de vivir en cualquier sociedad, estando privados del instinto natural de defensa inherente a todo ser humano, careciendo del imprescindible «libre albedrío». Quizás, en nuestros días, al estar, afortunadamente, inmersos en un sistema penal garantista, es posible que este debate nos pueda parecer excesivamente arcaico pero, basta con echar un vistazo a nuestra historia mas reciente para comprobar que la ficción aquí reflejada no difiera demasiado de lo que un día existió. No hace tanto tiempo, en 1949, el premio Nobel de Medicina le fue otorgado al Dr. Egas Moniz, primer presidente de la Sociedad Española de Neurocirugía, por «su descubrimiento del valor terapéutico de la lobotomía en la psicosis». Esta horrenda palabra, «lobotomía», nos traslada a oro film que bien le valió a su actor principal un óscar por el que, probablemente, haya sido el papel más importante de su vida, ¿adivináis a que otra maestra del cine me estoy refiriendo?… tendremos que esperar a próximas entregas de esta filmoteca para descubrirlo.